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Durante los rigores del invierno en tierras zamoranas las abejas permanecen refugiadas en las colmenas. Su espíritu gregario les permite capear las condiciones meteorológicas más duras mediante el sorprendente reparto de las tareas que en invierno se traduce en la formación del bolo invernal, en el que las abejas de las capas exteriores protegen a las del interior, incluida la reina.

Aunque de momento es casi inapreciable, las tardes empezaron a alargarse después de la Inmaculada, y las mañanas a partir del Año Nuevo.

Durante el otoño la colmena va “cuesta abajo“, reduciendo su población para ajustarla a lo estrictamente necesario para sobrevivir al invierno. Sin embargo enero es el momento del cambio de tendencia en las colmenas. Muy lentamente empiezan a aprovechar los escasos días buenos para poner los cimientos del gran aumento de población de la próxima primavera, que se adivina en el alargamiento de los días, aunque el aumento de temperaturas se haga esperar.

Mientras tanto, el apicultor calma su intranquilidad con visitas esporádicas al colmenar, siempre con la inquietud de pensar si las abejas estarán lo bastante fuertes para aguantar estos días tan duros refugiadas en una simple caja de madera.

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